Orígenes familiares en España

Convivir con una persona de otra cultura te ayuda a romper muchos prejuicios, a abrir fronteras interiores”, dice Patrícia Morén, de Barcelona, que está casada con Jujhar Singh, indio, con quien tiene dos hijas. La realidad de la Patricia y el Jujhar está condicionada y enriquecida por sus orígenes, y su día a día es una suma de idiomas, tradiciones, comidas, libros y películas de los dos países, y para ellos es completamente normal. Cómo también lo es para otras muchas familias. Y es que esta realidad multicultural ha dejado de ser una cosa anecdótica y se ha convertido en un fenómeno creciente. El año 2011 en el Estado en el 15% de los matrimonios había un cónyuge extranjero, tal como recoge la periodista Carmen Giró en su libro Familias globales: un hogar, dos culturas (Editorial UOC). La cifra contrasta con el 5% que suponían estos matrimonios en 1996.

family_beach_holiday_parents_children_grandparents_0Y con las parejas mixtas también han llegado los hijos. El año 1998 los nacimientos en qué uno de los padres o los dos eran extranjeros no llegaba al 6% mientras que el 2009 ya eran el 24%. Todo apunta que esta tendencia seguirá creciente, puesto que la inmigración y la globalización -que están en la base de estas familias multiculturales- son dos fenómenos que no se paran. “Esta realidad es muy positiva para la sociedad”, apunta César Coll, profesor del departamento de psicología evolutiva y de la educación de la UB. “Ir integrando personas de culturas diferentes y convivir es bueno porque supone una apertura, quiere decir que la sociedad está viva y es rica. Al contrario encontramos las sociedades cerradas, endogámicas, que son más pobres”.

Un trabajo diario

Pero a pesar de que el fenómeno es positivo, todavía hay muchas barreras que no han caído. Coll explica que estas familias saben mejor que nadie que todo el mundo tiene prejuicios. “La convivencia diaria con alguien de otra cultura nos obliga a ser más flexibles porque los referentes culturales son diferentes y con ellos hay implícita nuestra manera de entender el mundo”, dice. Para lo cual, porque la unión sea una suma positiva, Cuello dice que es fundamental que las familias tengan una voluntad de compartir valores y mantener vivas las diferentes culturas.

Un ejemplo de esto lo dan el Hannu, Meritxell y sus tres hijos. Él es finlandés y ella catalana. “Para ser una familia multicultural no hay bastante a ser de países diferentes, es un trabajo que se tiene que hacer cada día, sobre todo con los hijos”, dice el Hannu. Él los habla siempre en finés, la madre en catalán y la pareja se comunica en inglés. Es un hogar multicultural en que los viajes y las visitas de familiares son lo más habitual. “Creo que crecer en una familia como la nuestra supone muchas ventajas para las criaturas porque están preparados para moverse en culturas diferentes y esto los da muchas herramientas para este mundo actual, que está globalizado”, dice el padre. De hecho, sus hijos están pensando a marchar a estudiar en el extranjero cuando acaben el bachillerato. “Tienen la mirada abierta y sin ninguna barrera cultural. Este era uno de mis objetivos principales como padre”, dice.

Cristina Martínez también cree que las familias con orígenes diferentes son muy flexibles. Esta joven catalana está casada con el Yogendra, un nepalés que conoció en Katmandú, y tienen un niño de tres años y una niña de meses. Al principio había sacados culturales de ella -como las celebraciones familiares- que a él se le hacían extrañas. Y costumbres de él -sobre todo gastronómicos- que ella no compartía. “Pero con el tiempo, las diferencias van disminuyendo y queda la suma de culturas”, dice. “Si se comparten los valores o como mínimo no son contradictorios, la unión de las parejas es muy enriquecedora”, concluye César Coll.

 

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